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Antes de la alborada,
entre sombras hostiles,
llegaron los sayones
con su clamor de odio
y sus fusiles.
La luna y las estrellas
sus linternas brillantes apagaron,
mil rosas profanadas
gritaron su lamento
y entre tanto dolor y sufrimiento
a morir la llevaron.
La luz era tan pura,
cuando se hizo de día,
que todo el firmamento
un espejo de plata parecía.
La cristalina fuente
suspendió su canción enamorada
y hasta el violín del viento
rompió su arco armonioso
dejando, en el silencio doloroso,
su melodía truncada.
El pájaro parlero
no cantó su pregón de la mañana,
desde su verde rama
sólo lanzó un quejido lastimero.
Todo quedó en silencio
en el reciente y luminoso día,
la brisa recogió sus limpias alas
y, lejanos y claros,
dieciocho disparos
se oyeron entre gritos de agonía.
Sobre su cuerpo, diecisiete rosas
abrieron sus corolas esplendentes…
Diecisiete disparos en su cuerpo
y, el de gracia, en la frente.
Luís González Soto
Nos cuenta Luís tras los versos que: “Los autores de esta salvajada –unos
individuos de Valencia de Alcántara que vinieron al pueblo para hacerles
este favor a los falangistas locales- se emborracharon en una posada y
contaron a gritos su gloriosa aventura. Le quitaron a la maestra sus gafas
y, al intentar huir, la persiguieron a tiros por el cementerio. El jefe de
los bandidos contaba, muy orgulloso, que el cadáver tenía diecisiete
disparos y el último –el de gracia- se lo había dado él.
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