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Varios |
Corría el año 1936. El Frente
Popular había ganado las elecciones y en Alburquerque, los concejales
elegidos democráticamente, habían vuelto a ocupar los cargos de los que
habían sido relevados por el gobernador civil, durante el bienio negro, para
ser sustituidos por concejales gubernativos de tendencia derechista. Durante
toda la experiencia republicana, y hasta esas últimas elecciones
democráticas –que no volverían a repetirse durante cuarenta largos años de
oscuridad- el vecindario de Alburquerque había sido fiel a unas ideas
incubadas durante décadas, de justicia, cultura y dignificación de la vida,
estando en torno a un sesenta por ciento el voto por las
candidaturas progresistas incluso en los peores momentos de hambre y
represión del movimiento sindical.
Los equilibrios en esos años eran frágiles. Una buena parte de los
trabajadores de la tierra apenas contaban con los medios para dar de comer a
sus familias, debido en parte al atraso endémico de la economía española y
de la explotación agraria y en parte también por la reacción de los
terratenientes, que desde el inicio de la etapa democrática habían aplicado
la máxima reaccionaria de: “Comed República”.
Sin embargo Alburquerque vivía una época de crecimiento, de esperanza en un
cambio que se hacía demasiado lento para las expectativas de los sin tierra.
Desde este rincón olvidado de la frontera con Portugal, se miraba Europa y
el planeta como nunca antes se había hecho. Con ánimo participativo y
reformador. El concepto de ciudadano había roto las fronteras de las grandes
urbes para calar profundamente en una sociedad hasta entonces confinada en
los estrechos cauces del caciquismo.
Ernesto Thälmann se había presentado a las elecciones presidenciales
alemanas en 1932, enfrentándose como candidato a Hitler y Hilderburg. El
lema de su campaña había sido: “Un voto para Hilderburg es un voto para
Hitler. Un voto para Hitler es un voto para la guerra”. Y la historia le
daría la razón.
En 1933, tras la ascensión al poder de los nazis, Ernst Thälmann había sido
arrestado en Berlín y encarcelado sin juicio.
En 1936, coincidiendo con su cincuenta cumpleaños, se desarrollo una campaña
mundial por su libertad. Destacando entre las actividades que derivaron de
esta campaña, surgió la idea de la Olimpiada Popular de Barcelona, que debía
haberse llevado a cabo a partir del 19 de julio y en la que participaba un
grupo de deportistas pacenses organizados por Armengol Sampérez, deportista
que unos meses después sería entregado por las autoridades lusas a los
falangistas para ser asesinado junto a otros muchos miles de extremeños.
El 21 de Abril de 1936, el pleno del ayuntamiento de Alburquerque, en sesión
ordinaria discutió entre otras cuestiones, un escrito presentado por un
numeroso grupo de vecinos, en el que se pedía “libertad para Ernesto
Thälmann detenido y sepultado en un calabozo sin justificación desde hace
mas de tres años”. La propuesta fue defendida en el pleno por el concejal
Nicolás Toledano Gemio, fundador en 1930 junto a Felipe Mesías Carballo de
la Agrupación Socialista local. La corporación se adhirió por unanimidad a
la propuesta haciéndose cargo de que la protesta de los vecinos y vecinas de
Alburquerque llegase hasta la embajada alemana en Madrid.
El fascismo arrasaría Europa durante toda la década siguiente y descartaría
la democracia durante un largo y penoso periodo de nuestra historia
reciente. Ernst Thälmann nunca volvería a disfrutar de libertad, sufriría el
mismo destino que buena parte de la izquierda europea. Fue asesinado el 18
de agosto de 1944 en el Campo de Buchenwald, tras once largos años de
prisión.
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